
A diferencia de lo ocurrido en el siglo pasado cuando México
entró al último tramo del milenio con una profunda
guerra civil y muchos años de retraso histórico,
en esta ocasión inicia el siglo XXI con los dilemas, los
impulsos y la agenda propia de los tiempos que corren.
En el cambio de era que está viviendo la humanidad, México
no es la excepción. El país muestra signos inequívocos
de estar construyendo los cimientos, las relaciones sociales y
los referentes culturales de un nuevo estadío histórico:
en lugar de la república centralizada está en el
proceso de anclar un verdadero y congruente estado federal; en
lugar del estado autoritario y discrecional parece desplegarse
y afirmarse la democracia y el estado de derecho, ambos conceptos
crecientemente impregnados de una noción de los derechos
humanos enriquecida con los valores de la tolerancia y la diversidad;
en lugar de un Estado limitadamente asistencial y con una economía
protegida, se define una economía competitiva e integrada
a mercados y acuerdos supranacionales con profundas asimetrías
y graves incertidumbres sociales; en lugar de una cultura inercialmente
nacionalista y homogeneizadora, se explayan expresiones de aspiración
universal y se recrea y acepta la diversidad; en lugar de largos
años de certidumbre y cohesión social, no sin ciertas
dosis socialmente asumidas de acentuado control estatal, el espacio
de la política se recompone generando dificultades para
llegar a acuerdos que posibiliten la restauración del tejido
social, la inseguridad pública se extiende y sientan base
las dinámicas sociales subterráneas y con lógicas
propias –vr. gr. narcotráfico, pandillerismo, bandas
de secuestradores o mafias del robo organizado-, predominantes
en los estados frágiles; finalmente, en lugar de un estado
capaz de imponer reglas sociales y proyectos de interés
público o de dimensión nacional, en el país
insistentemente se consolida la capacidad de distintos segmentos
sociales, regiones y poderes locales para hacer valer sus visiones
o pretensiones, incluso por encima del estado de derecho.
Además, tales tendencias están acompañadas
del resurgimiento de acentuados localismos, de pretensiones por
restaurar viejos referentes sociales y culturales, y de intentos
de reimplantación o de afirmación de fueros que
ya se consideraban extinguidos.
En otras palabras, junto al avance de los impulsos y las aspiraciones
sociales propias del siglo que corre, y como consecuencia de la
falta de claridad de cómo serán los nuevos contornos
nacionales en un contexto internacional también en acelerado
proceso de reacomodo, siguen estando presentes, y por momentos
amenazantes, los impulsos de la restauración, las vocaciones
de gestión autoritaria, impositiva y discrecional, y la
inclinación por retornar a los tiempos de las visiones
unívocas y homogéneas.
Por lo mismo, en el siglo XXI México está obligado
o es llevado por las circunstancias a reconfigurar los nuevos
ejes de la convivencia social, a dialogar y buscar acuerdos con
una diversidad de actores sociales y regiones, así como
a entrenarse, explayarse y facilitar la integración en
el cambiante contexto internacional, determinado por la dinámica
de la mundialización, a la vez que debe encontrar los mejores
mecanismos para que los impactos económicos, políticos
y culturales de este fenómeno se procesen y asuman positivamente
por la nación.
En los primeros años del siglo XXI ante los veloces cambios,
muchos de ellos dramáticos, México se encuentra
ante el desafío de rediseñar su vocación
histórica de ser bisagra y vínculo entre el sur
y el norte, entre el oriente y el occidente.
En un mundo confrontado por luces y sombras, en el surgimiento
de un nuevo proceso civilizatorio, México se encuentra
una vez más, en una posición geopolítica
estratégica que se refuerza por su rica tradición
cultural y su potencial de compartir tradición y modernidad,
con respeto a la diversidad para impulsar y sumarse a procesos
de entendimiento.
Los problemas que afectan a la sociedad contemporánea rebasan
los límites locales y las fronteras nacionales. El mundo
globalizado implica un esfuerzo profundo por construir los espacios
de comprensión y tolerancia que permitan resolver los desafíos
contemporáneos (soluciones prácticas y decisiones
compartidas).
Este complejo fenómeno adquiere tonalidades más
riesgosas e inciertas por la recomposición del mundo en
curso. Paralelo a lo que ocurre en México, la humanidad
muestra signos claros de estar inmersa en mutaciones de dimensiones
todavía inimaginables; atrás va quedando el último
aliento de la sociedad industrial que se inauguró en el
siglo XIX, para ocupar su lugar la producción robotizada,
las nuevas tecnologías, el mundo espacial, la sociedad
de la información y la comunicación, y el trabajo
de los servicios.
Sociedades y regiones parecen entrar a la fase final de los recursos
fósiles, a la vez que se vislumbran nuevas fuentes energéticas
y en el horizonte se agenda la reconversión hacia otros
suministros energéticos; la geografía política
de naciones y culturas poco tiene que ver con el legado de la
era de la modernidad industrial y los colonialismos, en tanto
se consolidan nuevos bloques mundiales, reemergen dominios y culturas
que parecían haberse quedado al margen, y se delinean los
contornos de un nuevo reparto del mundo con fronteras todavía
difíciles de concebir; viejos conflictos, como los de oriente-occidente
o cristianismo e islamismo, o el de las denominadas razas puras
contra las otras, que se consideraban saldados en el futuro de
los pueblos, parecen retomar nuevamente el escenario y ser parte
de la argumentación de guerras, amenazas o confrontaciones.
De manera parecida, para completar los trazos del siglo XXI, se
puede agregar que referentes culturales tradicionales están
en acelerado proceso de transformación, de modo tal que,
por ejemplo, las relaciones de pareja tienen vertientes y modelos
impensables hace medio siglo, la noción de familia se enriquece
de nuevos modelos, la procreación tradicional se derrumbó
ante los progresos de la medicina impactando valores y normas;
la dimensión de género resalta en las diferencias
culturales, y es foco de fuertes tensiones en la ampliación
de los derechos ciudadanos en las sociedades tradicionales. Se
encuentra en proceso de construcción una nueva noción
de ciudadanía y los estancos culturales se desdibujan por
el embate de la revolución en la circulación de
la información. Sin duda alguna, los fantasmas de la xenofobia
y los nacionalismos se agitan ante la emergencia de nuevos valores
sociales complejamente impregnados de todo género de mestizajes.
Dicho brevemente, ante la insistente afirmación de las
corrientes históricas de una nueva era, con la fragmentación
y cuestionamiento de las mentalidades caducas, en el arranque
del nuevo milenio y de un nuevo siglo el mundo parece estar determinado
por la incertidumbre, los desencuentros y la confrontación.
Por lo mismo, y ante la evidencia de que en el mundo parece incrementarse
y agudizarse la confrontación, habrá que fomentar
el tendido de canales de comunicación alternativos y reinventar
la comunicación en la diversidad, el diálogo civilizatorio.